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Presente lo tengo yo

La peor de todas las guerras

Armando FUENTES AGUIRRE

La peor de todas las guerras

Periodismo

Septiembre 11, 2021 04:04 hrs.
Periodismo Nacional › México Coahuila
Armando FUENTES AGUIRRE › guerrerohabla.com

México no disfrutó de paz durante un largo período que comenzó con las guerras de Independencia y terminó con el inicio de la era que se llamó ’el porfiriato’’. En ese intermedio el país estuvo sacudido por constantes discordias, motines, asonadas y levantamientos. Juárez, que había prometido a la nación el don precioso de la paz, no pudo cumplir esa promesa.

No hay peor guerra que aquella en que se matan los hermanos. Esa especie terrible de contienda, la guerra civil, fue la característica principal de la vida pública de México durante muchas décadas. Para colmo varios conflictos internacionales se registraron también con las discordias internas: el problema con los Estados Unidos; la ridícula guerra con los franceses llamada ’de los pasteles’’; la intervención de Napoleón III para establecer aquel que se llamó Segundo Imperio.

Al triunfar la República había condiciones para fundar la paz. Entre las principales se hallaba una de orden psicológico: los mexicanos estaban hartos ya de la guerra. El estrépito de los cañonazos y la fusilería; el sitio y toma de las ciudades; la constante inseguridad de los caminos y, sobre todo, el derramamiento de sangre, tenían ya fatigada a la nación. Hubiera sido fácil para Juárez dar la paz a México, pues su gran enemigo, el partido conservador, había quedado deshecho por completo: nadie se arriesgaba a ser enemigo de Juárez después de la terrible muerte que dio en el Cerro de las Campanas a Maximiliano, Miramón y Mejía, ejecuciones seguidas por muchas otras que dejaron convertido el triunfo republicano en un sangriento altar de sacrificios humanos.

A pesar de eso don Benito sembró otra vez la semilla de la discordia con su desmedida ambición política. Aun amigos cercanos suyos empezaron a volverle la espalda, y muchos que fueron sus incondicionales, pues lo admiraron y quisieron, se pasaron al bando de Lerdo o de Porfirio Díaz.

Si antes habían existido dos partidos -el liberal y el conservador-, ahora la nación se dividió en tres: el juarista, el lerdista y el porfirista. Otra vez hubo intrigas, conciliábulos e intercambios de secreta correspondencia en que se establecían alianzas o complicidades para la tempestad cuyos primeros nubarrones se atisbaban ya en el horizonte.

Se ha condenado mucho a don Porfirio por haber establecido una dictadura en el país. Lo cierto es que sus contemporáneos le agradecieron el gobierno de mano dura que implantó. Lo llamaron ’el héroe de la paz’’, y en muchas ciudades de la República se erigieron monumentos a la paz, pues ésta era el bien más grande que ansiaban los mexicanos. Gran pacificador fue don Porfirio antes que todo. Para pacificar al país, es cierto, debió recurrir en muchos casos a extremos de violenta energía. Pero los enemigos que tuvo no le disparaban con palomitas de maíz o malvaviscos. A la violencia que se había apoderado de México opuso Díaz una especie de violencia institucional que todos sus coetáneos aprobaron y aun aplaudieron. Quienes tachan a don Porfirio de haber sido un déspota cruel incurren en el grave error, crimen de lesa Historia, de juzgar los acontecimientos de un tiempo con los modos de pensar de otra. Hace tiempo, aquí en Saltillo, Enrique Krauze hizo una defensa de don Porfirio Díaz, y dijo que ya es tiempo de que sus restos descansen en su patria. Yo estoy de acuerdo con él.


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