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La Venus de los perversos Capítulo XXIII


La Venus escapa de los perversos 

| Magda Bello. Premio Internacional de Poesía Rubén Darío 2018 | Desde Líderes Políticos
La Venus de los perversos
Capítulo XXIII

Literatura

Noviembre 17, 2021 06:05 hrs.
Literatura Internacional › México
Magda Bello. Premio Internacional de Poesía Rubén Darío 2018 › Líderes Políticos

La Venus de los perversos
Capítulo XXIII

𝗟𝗮 𝗩𝗲𝗻𝘂𝘀 𝗲𝘀𝗰𝗮𝗽𝗮 𝗱𝗲 𝗹𝗼𝘀 𝗽𝗲𝗿𝘃𝗲𝗿𝘀𝗼𝘀

Por 𝗠𝗮𝗴𝗱𝗮 𝗕𝗲𝗹𝗹𝗼

Los indagadores al servicio del Santo Oficio acechaban a los moriscos, a blasfemos judaizantes, sodomitas y un insaciable inventario atado al alba de sus túnicas negras  con apodos infernales, Servidoras de Moloc. 

Revoltijo en callejuela, chiflidos con saetas, sombras que burlan garitas, presurosos mis pies paliaban al Dionisio que llevo adentro. Cruzaba aún sobrio 𝗘𝗹 𝗣𝗼𝗻𝘁𝗲 𝗗𝗲𝗹𝗹𝗲 𝗧𝗲𝘁𝘁𝗲𝗲 y en las alcantarillas 𝗲𝘀𝗰𝘂𝗰𝗵𝗮𝗯𝗮 𝗴𝗲𝗺𝗶𝗱𝗼𝘀 𝗶𝗻𝗱𝗲𝗰𝗶𝗯𝗹𝗲𝘀, ¿Sería la mar con su eco pordiosero? No, era un llanto solemne, con notas cada vez más altas, desesperantes. De un arrebato forcejee el escotillón, nadando hacia el gimoteo tangible de los recuerdos de mi infancia, cuando liberé a un niño bijago, preso en una jaula como si fuese ave, los bárbaros comerciantes franceses, los vendían al mejor postor. 

El laberinto oceánico me arrastró  hacía las mazmorras de la Basílica de San Marcos, con la entrada atascada, avancé nadando hacia una portezuela de hierro,  arrancando de un tirón las cadenas oxidadas,  ¡horrenda cosa, un querubín  desangrado! púas cercenando su vagina, desclavé sus pinchos,  solté su cuerpo amoratado, la cargué en mis hombros  y el mar de los indigentes nos arrastró a la  orilla. 

Curé sus heridas, lavé su rostro, calenté su cuerpo, susurré a su oído 
—𝗧𝗲 𝘀𝗮𝗹𝘃𝗲 𝗱𝗲 𝗹𝗮 𝗺𝘂𝗲𝗿𝘁𝗲–, 
Abrió sus ojos, y balbuceante respondió:
- Sabía que volvería a verte. 
- ¿Quién eres?-  pregunté
- ¿Tan rápido olvidas los rostros de las almas penitentes?- 
- ¿Quiénes te golpearon con saña?
- Los perversos – entre lágrimas. 
- ¿De qué te acusan? – 
- Brujería- asintió entre dientes. 
- ¡Santos cielos! , ¿por qué sigues esas prácticas del demonio?
–𝗔𝘆𝘂𝗱𝗼 𝗮𝗹 𝗺𝗲𝗻𝗱𝗶𝗴𝗼 𝗮 𝗲𝗻𝗰𝗼𝗻𝘁𝗿𝗮𝗿 𝘀𝘂 𝗰𝗮𝗺𝗶𝗻𝗼, y vivo de mis servicios. Te debo la vida— retorciéndose de dolor.
–No hago favores midiendo las consecuencias, casi siempre, salgo airoso, confío en la buena suerte.
– Tienes muchos enemigos Ubaldo, no deberías de cometer errores- susurró. 

Su voz me era conocida, sus ojos rasgados, los aprecié por horas, sus rasgos, ¡Por Dios Santo! Era la adivina de San Polo, la que develó mi futuro, la niña chispeante de ojos negros, la Venus virginal, abracé con ternura su cuerpecillo, durmió entre mis brazos. Mañana será otro día.

No era novedoso que Atilio, el que fuese como un hermano, me persiga como fiera, 𝗲𝘀𝗽𝗲𝗿𝗮𝗻𝗱𝗼 𝘂𝗻 𝗱𝗲𝘀𝗺𝗮𝘆𝗼 𝗽𝗮𝗿𝗮 𝗰𝗼𝗺𝗲𝗿 𝗺𝗶𝘀 𝗰𝗮𝗿𝗻𝗲𝘀. En ocasiones escondido entre maleza, acechaba a Oletea. 
Con el ardor de saldar mis pecados, abandoné el vicio de merodear cortesanas. Mi pesadilla se había cumplido, mi temor me alcanzó. 𝗠𝗶𝘀 𝗲𝗻𝗲𝗺𝗶𝗴𝗼𝘀 𝗽𝗹𝗮𝗻𝗲𝗮𝗯𝗮𝗻 𝘀𝘂 𝗲𝘀𝘁𝗼𝗰𝗮𝗱𝗮 𝗳𝗶𝗻𝗮𝗹.

— ¿Esperas a Ubaldo, Oletea?  No vendrá, ahora vive con una jovenzuela, averigua tú misma. 𝗘𝘀 𝘂𝗻 𝘁𝗿𝗮𝗶𝗱𝗼𝗿, 𝗻𝗼 𝗺𝗲𝗿𝗲𝗰𝗲 𝘁𝘂 𝗮𝗺𝗼𝗿. Te has frenado conmigo por su culpa.
- Ubaldo me ama, no sería capaz de lastimarme-  respondió con ojos satinados. 
— Es más joven que tú, conviven en su taller, no le permite ver la luz del sol, camina por las calles, como íntimo secreto, la esconde no sé de quiénes. Mírate deprimida, conmigo estabas llena de vida. ¿Qué sucede? Extrañas mis besos, 𝗹𝗮 𝗳𝘂𝗲𝗿𝘇𝗮 𝗱𝗲 𝗺𝗶𝘀 𝗰𝗮𝗿𝗶𝗰𝗶𝗮𝘀, 𝗲𝗹 𝗮𝗺𝗼𝗿 𝗱𝗲 𝗺𝗶 𝗹𝗼𝗰𝘂𝗿𝗮.
- Déjame en paz, vienes a mí como ladrón en la noche, eres satanás— reprendió. 

Atilio desapareció, dejando cizaña clavada en el corazón de mi amada. 
Ella dispuso hacer sus propias averiguaciones. Por mi parte, si divulgaba que la niña adivina, 𝗹𝗮 𝗩𝗲𝗻𝘂𝘀 𝗽𝗲𝗿𝘀𝗲𝗴𝘂𝗶𝗱𝗮 𝗽𝗼𝗿 𝗽𝗲𝗿𝘃𝗲𝗿𝘀𝗼𝘀 𝗲𝘀𝘁𝗮𝗯𝗮 𝗰𝗼𝗻𝗺𝗶𝗴𝗼, podríamos terminar los tres, quemados en la hoguera. 

A la mañana siguiente, Oletea golpeó mi puerta, al rehusarme abrir, subió a una góndola asomándose por mi ventana. Su mundo cayó en pedazos, cuando vio a una dulce querubín tendida en mi cama, como retablo en basílica. 𝗦𝘂 𝗽𝗶𝗲𝗹 𝘁𝗲𝗿𝘀𝗮, a cortina de altar mayor, su cabello ámbarado, 𝘆 𝘂𝗻 𝘀𝗲𝗻𝗼 𝗮𝗹 𝗱𝗲𝘀𝗻𝘂𝗱𝗼 𝗰𝗼𝗺𝗼 𝗧𝗼𝗿𝗿𝗲 𝗱𝗲 𝗕𝗮𝗯𝗲𝗹.

Querido Barón de Lyon, lastimé a quien más amaba en la vida, sin quejas se marchó, mis ojos no la vieron nunca más. 

Atilio se alejó orgulloso por su venganza, exhibiendo su cuerpo colgado del puente Rialto. 𝗟𝗮 𝗷𝘂𝘀𝘁𝗶𝗰𝗶𝗮 𝗱𝗶𝘃𝗶𝗻𝗮 𝘀𝗲 𝗽𝗮𝘀𝗲𝗮𝗯𝗮 𝗰𝗼𝗻 𝗲𝘀𝗰𝗮𝗿𝗺𝗶𝗲𝗻𝘁𝗼𝘀.


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